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La hora cuchi cuchi, la hora ya-vas-que-chutas
Por Agustín Abreu Cornelio
Uno de mis programas favoritos, durante la infancia, fue La carabina de Ambrosio. En aquel momento, yo no sabía que eran repeticiones de un viejo programa de los setentas, ni mucho menos había sido conquistado por el ánimo antitelevisa. Un programa que me hacía reír mucho merecía ser sintonizado todas las tardes.
No sé si mi adicción por la poesía provenga de la magnífica parodia "La palabra canta", en la cual Alejandro Suárez declamaba horrendos versos con la mayor solemnidad, a veces con tintes románticos, modernistas, etc.; pero indudablemente mi sentido del humor es deudor de la ironía y el sarcasmo mostrados por Suárez, Chabelo y compañía. Entre todas, mi sección favorita era la de Beto "el boticario", fallecido hace unos días.
Este excelente mago (pocos saben que fue director de la principal escuela de magia de nuestro país) llevaba su actuación un paso más allá, carnavalizándolo y carnavalizándose. Cualquier acto de magia implica una jerarquía: un oficiante y un crédulo, vinculados por un pacto de verosimilitud que abre un espacio en la realidad para que ocurran cosas maravillosas. Esta condición de lo “mágico”, tiende a desnaturalizar el acto, a institucionalizarlo, pues condiciona y normaliza la respuesta de los espectadores; es decir, el asombro provocado es, la mayoría de las veces, premeditado.
Pues bien, cuando Beto llegaba a escena, interrumpiendo siempre la participación musical de César Costa (estas fueron, a mi parecer las mejores interpretaciones de Costa, como patiño de alguien con talento), lo hacía dispuesto a ridiculizar tal pacto de verosimilitud, rebajando al mago y emparejándolo con el espectador quien siempre conocería los artilugios secretos que posibilitaban el truco. Hacía lo opuesto al precepto “nunca revelar”. Por si esto fuera poco, el supuesto incauto, César Costa, reía consentidoramente, expresando un sentimiento de superioridad ante el mago.
Esta inversión de los valores introducía al espectador en una nueva realidad, moral y jerárquicamente hablando. No negaba la fantasía, sino que la ironizaba, la hacía incluyente, negaba la solemnidad del oficio y, para lograrlo, la materializaba. Actos tan sencillos como cambiar el color de una pañoleta se convertían, en manos de “el boticario”, en un delirio de comicidad que abría una nueva ventana para acceder a la realidad y envalentaba a los espectadores para enfrentarse a ella: lo desconocido, lo oculto, puede hacerse tangible ante la risa, incluso inteligible.
Para honrar la memoria de este gran showman he reído nuevamente con las actuaciones de Beto depositadas en YouTube, lo cual se convirtió en terapia emocional, ocupación edificante, subversión sui generis, inversión improductiva, altamente recomendables para quien, como yo, está harto de la grilla ramplona que nos circunda.
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